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Ellas también muerden 

Aunque les extrañe, antes de Drácula ya existían los vampiros. Las leyendas sobre estos vástagos de las tinieblas, sin duda el mito más satisfactorio y perdurable que la imaginación occidental ha aportado al género del terror, ya corrían de boca en boca en las regiones eslavas y los estados bálticos de Europa oriental durante la Edad Media, donde la endogamia entre los nobles eslavos produjo una rara enfermedad genética que consistía en una anomalía de pigmentación relacionada con los glóbulos rojos: la exposición del enfermo a la luz solar provocaba un terrible enrojecimiento de la piel. Este hecho, sumado a los enterramientos prematuros de personas catalépticas, comatosas o simplemente ebrias tan característicos de la época, prendió la susceptible imaginación del pueblo. Pero no fue hasta el año 1819 cuando aquellas antiguas supersticiones cristalizaron en la figura del vampiro, merced a un cuento publicado por Polidori, el médico personal de Lord Byron. Algunos años después, en las postrimerías del siglo XIX, un escritor irlandés llamado Bram Stoker, espiritista y mago ocasional, pondría nombre al monstruo al publicar su célebre Drácula. En ella, Stoker establecería los principales rasgos de la cautivadora iconografía del chupasangre. A partir de ahí, una legión de escritores ha reinterpretado el mito a su antojo. Pero la torrentera de obras protagonizadas por vampiros rebasaría el espacio de este artículo. Baste citar algunas de las más representativas: Soy leyenda, de Richard Matheson, Salem´s Lot, de un jovencísimo Stephen King, o las Crónicas vampíricas de Anne Rice, cuyo primer volumen, aparecido en 1976, dio origen a la magnífica película de Neil Jordan Entrevista con el vampiro.

Pero Drácula bien podría haber sido mujer, pues, algunos años antes de la obra fundacional de Stoker, el escritor Sheridan Le Fanu publicó Carmilla, la historia de una mujer vampira inspirada en la condesa transilvana Isabel Báthory, que sin embargo no alcanzó la repercusión mundial del la novela de su colega. La Báthory, perteneciente a dos de las ramas más destacadas de la nobleza húngara de su tiempo, ingresó en la historia con el alias de la Condesa Sangrienta debido a que, entre otras turbias aficiones, gustaba de beber la sangre de doncellas vírgenes para preservar su lozanía. En sus castillos transilvanos de Csejthe y Varannó, con las brujas del lugar ejerciendo de tétricos y entusiastas monaguillos, Báthory mataba el aburrimiento torturando a sus víctimas, traídas por sus lacayos de todos los rincones de los Cárpatos con la promesa de servir a la nobleza. Ella misma se delató cuando, buscando muchachas más delicadas que las campesinas que solía utilizar, cuya sangre plebeya no lograba refrendar su vejez, empezó a secuestrar a las hijas de los nobles locales. El emperador húngaro Matías II abrió una investigación, encontrando en los calabozos de sus castillos un harén de jóvenes a la espera de que les llegara el turno de ser imaginativamente asesinadas. En 1611, Báthory fue emparedada en el interior de su propio castillo, aunque jamás mostró el menor arrepentimiento por la estela de más de seiscientas muchachas muertas que dejó a sus espaldas. En Ella, Drácula, que acaba de publicar Planeta, Javier García Sánchez ha recreado la vida de la Condesa Sangrienta, autora de un genocidio sin parangón en los anales de la criminología de todos los tiempos. A su lado el príncipe Vlad Tepes, que inspiró el Drácula de Stoker, era un aficionado.

Pero también hay vampiras sin colmillos. De ellas nos habla Amélie Nothomb en su nueva novela Antichrista, publicada en Anagrama. La escritora belga, que saltó a la fama con Estupor y temblores, narra en su nueva obra la relación de dos adolescentes, estudiantes de la Universidad de Bruselas, de caracteres contrapuestos: la tímida y solitaria Blanche, y la arrolladora y seductora Christa, que aunque no llegará a chuparle la sangre, sí vampirizará su vida, apoderándose de su cuerpo, de sus padres, de sus libros... Nothomb, con su habitual escritura directa y eficaz, barnizada de ironía, radiografía en Antichrista el lado oscuro de la amistad.

© Félix J Palma

© Diario de Cádiz, 17 de marzo de 2005

 

 

 

by R. B.


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